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Opinión/ Vigencia

Por Alexander Torres Iriarte

‎ Desde el momento mismo en que Francisco de Miranda esbozara su noción de Colombia, como un cognomento de gran alcance geopolítico, comprendiendo la Hispanoamérica de su hora, podemos dar testimonio de una dimensión tanto identitaria como política de gran valía en la pluma y el accionar del futuro Libertador: la unidad como tarea impostergable para no volver a estar sometidos por cadenas extrañas.

‎En tal sentido, Bolívar fue en gran medida tributario de la idea mirandina, al hacer gala en cada instante de su vida pública de la necesidad de edificar una nación extensa que debía cerrar fila ante cualquier pretensión de reconquista después del rompimiento con la Corona española.

‎Para Simón Bolívar -sin obviar la situación de la Santa Alianza y la posible reconquista de estos dominios por parte de España- era imperativo echar las bases de una instancia que estuviera formada por las “antiguas colonias españolas”, para edificar un espacio de discusión y resolución de asuntos comunes como garantía ante posibles acciones neocoloniales.

‎Ese era el espíritu del Congreso Anfictiónico de Panamá, sesionado entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826.

‎En definitiva, los representantes únicamente coincidieron en el levantamiento de una liga de repúblicas americanas con jefes militares comunes, el acuerdo de un pacto defensa mutua, y el establecimiento de una asamblea parlamentaria supranacional, todo esto con claros vacíos organizativos y materiales.

‎No se concretó, asimismo, el urgente frente militar que persuadiría cualquier tentativa europea, acordando solamente una colaboración militar restringida, en la que cada Estado resguardaría sus propias fuerzas no subordinadas a instancia supraestatal alguna. Nada que decir de la liberación de Cuba y Puerto Rico.

‎Prevalecería, por múltiples motivos, la fragmentación camuflada de discursos declarativos preñados de buenas intenciones. No olvidemos la actuación solapada de lobbies colonialistas estadounidenses y británicos en connivencia con poderes oligárquicos locales, que pulsaron sobre estructuras socioeconómicas endebles, poco propicias para levantar sólidamente una unidad continental.

‎No obstante, esta tentativa a primera vista malograda puso en evidencia la mirada geopolítica del Libertador, fundamento de su legado y de indiscutible vigencia.

‎La sola aceptación del esfuerzo unionista, luego de tres centurias de colonialismo español, como máxima expresión de voluntad soberana sería simiente de un nuevo Derecho Internacional cimentado en una diplomacia de paz.

‎Si bien el Congreso Anfictiónico de Panamá no alcanzó el propósito esperado serviría de semilla para la unión nuestramericana, antecedente directo de toda faena de convivencia solidaria en el devenir de nuestras naciones latinoamericanas y caribeñas.

‎No huelga decir que sería irresistible al examen histórico volver -en el marco de este bicentenario- a la proposición desvirtuadora de acusar al Congreso Anfictiónico de Panamá como la base del panamericanismo posteriormente afianzado por los dirigentes del norte.

‎La edificación utópica del llamado “el equilibrio del Universo”, columna vertebral de una América soberana e integrada, hoy más que nunca es un antídoto histórico contra toda acción imperialista violadora de la autodeterminación de nuestros pueblos.

‎¡Vencer sigue siendo nuestra consigna!

Opinión/ Incansable

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