
El costo económico de la ofensiva militar ejecutada por Estados Unidos contra la República Islámica de Irán ha escalado de forma vertiginosa. En apenas quince días de actividad bélica, el registro oficial de gastos —basado en las métricas de la propia administración de Donald Trump— confirma que la cifra ya excede los 21.000 millones de dólares.
El ritmo del gasto ha sido frenético desde el inicio: durante las primeras seis jornadas de combates, el Pentágono desembolsó aproximadamente 11.300 millones de dólares, una cantidad que terminó por duplicarse al alcanzar la segunda semana del conflicto. No obstante, expertos en materia de defensa advierten que estos números son conservadores, ya que solo contemplan el uso de proyectiles y equipo técnico, dejando fuera las multimillonarias pérdidas materiales sufridas en las instalaciones estadounidenses en Asia Occidental tras las respuestas iraníes.
De la ofensiva relámpago al estancamiento estratégico
Lo que Washington proyectó originalmente como una operación de rápida resolución se ha transformado en un escenario complejo y estancado. La campaña, iniciada el 28 de septiembre por el Gobierno de Trump en coalición con fuerzas israelíes, carece actualmente del respaldo del Congreso y parece haberse convertido en un «atolladero» logístico.
Irán, por su parte, ha respondido con ataques coordinados de drones y misiles contra activos estratégicos de Israel y bases norteamericanas. Además, Teherán ha cumplido su promesa de asfixiar económicamente a sus adversarios mediante el cierre del estrecho de Ormuz, un punto neurálgico por donde circula la quinta parte del suministro global de crudo.
Cuestionamientos políticos y el riesgo de una «guerra sin fin»
La gestión de esta crisis ha levantado una ola de críticas dentro del legislativo estadounidense, donde se señala la ausencia de un plan de salida coherente. La oposición subraya que la persistencia en este enfrentamiento podría tener consecuencias humanas y políticas irreversibles.
Entre las voces más críticas destaca la del senador demócrata Chris Murphy, quien ha alertado sobre la dirección que está tomando el Ejecutivo. Según su visión, el actual presidente está arrastrando a la nación a “una guerra sin fin” con el país persa, un escenario que, según advierte, podría resultar en la pérdida de numerosas vidas de militares estadounidenses sin lograr el objetivo de doblegar la soberanía de la República Islámica.
Hegseth pide 200.000 millones de dólares al Congreso
El secretario de Guerra de la Casa Blanca, Pete Hegseth, defendió este jueves que la operación Furia Épica es «precisa y decisiva». Además, confirmó que pedirán al Congreso unos 200.000 millones de dólares para fondos adicionales para continuarla a expensas del contribuyente estadounidense.
Tras declarar, una vez más, que esta jornada tendrán lugar los bombardeos más intensos y definitorios de la campaña militar, Hegseth insistió que la guerra contra Irán no se asemeja a las campañas militares en Irak y Afganistán, donde «políticos insensatos como los presidentes George W. Bush, Barack Obama y Joe Biden dilapidaron la credibilidad estadounidense».
Expuso que los objetivos de la guerra incluyen la destrucción de los misiles iraníes y garantizar que la República Islámica no desarrolle armas nucleares. Mientras anunciaba el primer propósito, cohetes avanzados y precisos de Irán alcanzaban sitios militares y estratégicos de EE.UU. e Israel en Oriente Medio.
En ese contexto, el Secretario de Guerra confirmó que el Pentágono solicitará al Congreso aproximadamente 200.000 millones de dólares en fondos adicionales para continuar la escalada, innecesaria a todas luces si, como machaca la Casa Blanca, los Estados agresores destruyeron el programa nuclear iraní (de carácter pacífico) en junio de 2025, cuando atacaron los centros de Natanz, Fordó e Isfahan durante la «guerra de los 12 días».
Fuente: Agencias
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