
En nuestra vida venezolana Eduardo Arcila Farías es referencia obligada. Su triple dimensión -historiador, periodista y cuentista- enfatiza una existencia volcada, con disciplinado ardor, al examen profundo de nuestro devenir como pueblo.
De cepa judía sus raíces estarán en el Coro y en el Maracaibo de comienzos de nuestra etapa republicana.
Su incipiente actividad cultural pendularía entre el periodismo y el sindicalismo, hecho que le haría sufrir los abusos del poder de la hora.
Sus cuantiosos artículos publicados, entre la tercera y cuarta décadas de la centuria pasada, en importantes diarios nacionales y regionales -Panorama, El País, Fantoches, Ahora, El Tiempo, El Universal, El Heraldo, El Nacional- dan testimonio de un espíritu preocupado por nuestra identidad y nuestra evolución social.
Tendría estudios interrumpidos en Derecho y en Economía en la Universidad Central de Venezuela, encontrando, posteriormente, en la Historia un oficio de ideas de avanzadas, siempre en sintonía con los explotados y marginados.
Luego de desempeñarse en la Dirección de Economía del Ministerio de Hacienda, sufriría el exilio una vez depuesto el gobierno civilista de Isaías Medina Angarita, el 18 de octubre de 1945.
Hincapié debemos hacer de la estadía de Arcila en México, país donde alcanzaría una verdadera madurez intelectual y una rutilante actuación que le haría acreedor de un prestigio bien ganado.
Sería la nación norteña que le abriría las puertas con su opera prima «Sudor. Cuentos de mar y Tierra». Era 1941.
Ya becado en Colegio de México coronaría sus estudios de maestría con un notable trabajo, consulta imprescindible de cualquier análisis sobre la materia, «Economía colonial de Venezuela», en 1946. En este producto jugaría un papel determinante su mentor Rafael Altamira, prologuista de postín de la obra mencionada.
Después tendría una provechosa pasantía por la Biblioteca del Congreso de Washington, dando como resultado su texto «El siglo ilustrado en América: reformas económicas del siglo XVIII».
Llegaría el tiempo de retornar al país lindo y querido para completar su doctorado. Sería esta vez su monografía «Comercio entre Venezuela y México en los siglos XVII y XVIII», bajo la tutoría de José Miranda, que le permitiría alcanzar tan alto grado adquirido con sobrados méritos. Era 1969.
Con una huella inquebrantable en el Instituto de Estudios Hispanoamericanos y en la Escuela de Historia de la Casa que vence la sombra, con un sinnúmero de esfuerzos editoriales, proyectos y obras sobre la especialidad de gran valía es recordado por generaciones de cultores de Clío, como un Maestro incansable y como un formador ejemplar.
De Arcila diría Arístides Medina Rubio: “Introdujo entre los historiadores venezolanos en primer lugar el interés por la Historia Económica, que hasta esos años, había permanecido arrinconada entre montañas de historia retórica e inútil, infectada de historia política, heroica y boba, historia servil y oportunista”.
Nacido en el Zulia el 12 de febrero de 1912, fallecería en Caracas el 7 de enero de 1996. A tres décadas de su partida el legado de Eduardo Arcila Farías sigue incólume, de aquel que entendió a la Historia como un quehacer para la liberación, de aquel que concibió a Venezuela más allá de una factoría de la época colonial o un patio trasero de los días que corren.





