
Estudios a pequeña escala, realizados en varios países, pero que tienen una vigencia evidente para casi todo el planeta, advierten que grandes torneos deportivos, como el Mundial de Fútbol, actualmente en desarrollo, funcionan como catalizadores en grados exponenciales de un fenómeno ya en pleno auge, como es la ludopatía digitalizada.
Si alguien tiene dudas al respecto, que se limite a ver un partido en cualquier transmisión televisiva para verificar cómo las casas de apuestas digitales están disputándose las audiencias cautivas, cual hambrientas aves de rapiña para aumentar el ya de por sí enorme alcance de su cuestionable actividad económica.
No se trata de una novedad en sí misma porque los casinos y firmas de juegos de azar hace tiempo que se cebaron en todas y cada una de las disciplinas deportivas para hacer crecer un negocio que parece no tener límites. No se trata solo de las actividades competitivas tradicionalmente vinculadas al envite, como lo son, por ejemplo, las carreras de caballos, sino que la fiebre apostadora ha abarcado a toda clase de deportes. Y el afán no se reduce a los resultados finales de los juegos, sino que apunta hasta a los más pequeños y rebuscados detalles de los encuentros deportivos.
Conscientes de ello, en la actual Copa Mundial, que se celebra en México, Estados Unidos y Canadá, las mentes siniestras de este meganegocio (la FIFA y sus socias, las casas de apuestas) están sacando provecho incluso de innovaciones en las reglas del deporte: Las llamadas pausas de hidratación, cuyo propósito es, supuestamente, cuidar la integridad de los jugadores, no solo son otra excusa para la publicidad televisiva, sino que se han convertido en uno de los momentos de mayor intensidad de las apuestas, pues todo está en disputa: desde los goles, tiros de esquina, faltas y tarjetas hasta los reemplazos llevados a cabo por cada director técnico.
Larga historia y mala reputación
Las empresas dedicadas a explotar la debilidad humana por las apuestas tienen una larga historia y una consustancial mala reputación. Lo nuevo de estos últimos años es que se han montado sobre las plataformas digitales para ofrecer oportunidades instantáneas, en cualquier lugar del mundo y al alcance de un toque sobre dispositivos digitales.
La realidad del tecnofeudalismo ha potenciado hasta niveles fabulosos la capacidad de los casinos virtuales de tentar a grandes masas poblacionales que —como producto del mismo sistema económico— están sumidas en la desocupación forzosa o en el empleo precario. La gente tiene grandes necesidades que no puede satisfacer con su fuerza de trabajo y estas empresas aparecen, prestas a ofrecer ilusorias salidas producto de la suerte.
Cuando ocurren torneos de alcance planetario, como el Mundial de Fútbol, los volúmenes “normales” de apuestas, que son gigantescos y siempre en crecimiento, dan saltos aún más titánicos. No hay cifras verificables, entre otras razones porque el negocio es bastante opaco por naturaleza, pero no es descabellado afirmar que las cantidades de dinero que se ponen en movimiento cuando comienza cada partido son mayores que el Producto Interno Bruto de países enteros y, desde luego, muy superiores a las cifras de empresas que realizan actividades productivas y generan empleos estables.
Lo peor del asunto es que se trata de una transferencia neta de dinero de los bolsillos de los más pobres a los más ricos, una de las típicas operaciones de expoliación capitalista. Son los trabajadores y las trabajadoras quienes aportan los recursos, con la esperanza de una súbita riqueza que, en caso de llegar, casi siempre se diluye en más apuestas.
Niñez y juventud, las más afectadas
Los que han estudiado este problema candente de las sociedades occidentales actuales señalan que una de sus aristas más preocupantes es que la ludopatía encuentra tierra fértil en las mentes de niñas, niños, adolescentes y jóvenes, quienes son, por mucho, los más diestros en el manejo
de las tecnologías en boga y, a la vez, muy vulnerables a las tentaciones de la vieja industria del azar, que se ha repotenciado en los últimos años con la máscara digital.
Parece un enfoque extremadamente pesimista, pero es de esperar que luego de grandes eventos como el Mundial de Fútbol, el contingente de nuevos ludópatas aumente significativamente. Al mismo tiempo, la virulencia de la adición de los ya veteranos se verá acentuada. Como suele ocurrir con otras dependencias (el alcohol, las drogas, etcétera), luego de etapas de alto consumo, el organismo no puede tolerar un bajón en la sustancia o la conducta objeto de la adicción y, por tanto, va en busca de compensaciones.
Deportes desvirtuados
Otra de las consecuencias negativas de la colonización de las competencias atléticas por los juegos de azar es que se desvirtúa una actividad noble y sana por excelencia. El amor al deporte (en el tiempo actual, el fútbol) pasa a un segundo plano en la mente secuestrada del apostador, quien aspira, antes que nada, a “ganar” individualmente al acertar su vaticinio y recibir una recompensa monetaria.
Los clubes deportivos, en su rol de empresas, se han integrado tanto a la industria de las apuestas que ya son un binomio mutuamente dependiente. Solo como ejemplo, en los enormes y costosos estadios del beisbol de Grandes Ligas, la publicidad que incita a apostar es omnipresente. Hipócritamente, las organizaciones y ligas sancionan con severidad a deportistas que aparecen involucrados en apuestas, como ocurrió con el pelotero venezolano Tucupita Marcano. Pero esas mismas empresas siguen recibiendo pagos por patrocinio y permiten que dentro de los recintos haya casas de apuestas y casinos. Y la mismísima Mayor League Baseball tiene acuerdos globales con dos empresas de ese tipo.
Como guinda del postre, esas firmas buscan siempre a figuras legendarias del deporte, ya en situación de retiro, para promover las apuestas, algo que —hay que decirlo— también ocurre en nuestro país.





