
El primero de septiembre su “naturaleza agotada” daría signos de malestar. Adolfo Murillo, su galeno personal, reportaría una bronquitis en ambos pulmones. También, el sabio criollo, pescaría en la capital chilena una terrible fiebre tifoidea, enfermedad campante en su Santiago entrañable.
En su quebrantada ofuscación, con delirio desesperante, leería grandes párrafos de la Ilíada y de la Eneida en las pálidas paredes de su habitación mortuoria, que ahora les servirían como pantallas cinematográficas. No obstante, sortearía tamaña crisis, pero no la inmovilidad de la postración: como consecuencia le surgiría una gangrena en el sacro. Ya sin ánimo para alimentarse y con un cuadro cada día más calamitoso entraría en coma.
Mientras se despedía mi imaginación me invita a suponer que en el insigne caraqueño se daba la irrupción de un balance personal, especie de flashback de un periplo condicionado por la guerra de Independencia y por los sinsabores de nuestras repúblicas oligárquicas.
Tuvo que reflexionar sobre cuántas mentiras confeccionadas en su contra, de que se le siguiese acusando infundadamente de haber denunciado a los revolucionarios que estaban ganados a insurgir contra los mandones realistas en el cuartel de la Misericordia. Si conscientes estamos, diría para sus adentros, que no hay prueba documental o testimonial de que dicho hecho haya ocurrido, entonces el por qué de tanta falsedad.
De igual modo, en su monólogo meditabundo se preguntaría en la manera que se le calificaba de “desertor” de la causa emancipadora, recordando su travesía en Inglaterra por orden de la Junta Suprema de Caracas, en compañía de Luis López Méndez y Simón Bolívar. Evocaría su misión diplomática y cómo la dinámica de los acontecimientos le impidieron volver a casa; y cómo, en la casi dos décadas en la capital británica, seguiría siendo funcionario venezolano, grancolombiano y a veces chileno, sin despotricar de la lucha de los bienhechores.
Sería en este lar del Viejo Mundo donde se casaría en dos ocasiones, enviudando y padeciendo situaciones indecibles, como la muerte de su hijo menor.
Tendría en cuenta su existencia en Chile, las muchas ocasiones que intentaría regresar a Venezuela, pero que debido al huracán de la conflagración, las calamidades personales y su endeble contextura física, conspirarían contra tan anhelado propósito. El bolsillo nada que ayudaba, sonreiría. No solo no retornaría a su tierra, sino que, en el resto de su vida tampoco se movería del país sureño.
Ya su memoria asediada por los fantasmas hacía estragos. Ya su potente inteligencia confundía su pasado con su presente. En todo caso, para amenguar sus amargas remembranzas, concluiría que para ser revolucionario no se requería, necesariamente, de empuñar una bayoneta, y que había otras formas tan válidas de aportar más allá del acto valiente de medirse cuerpo a cuerpo con el apátrida enemigo, tenía que ver con la educación para ser una nación redimida de mentes violentas, ignorantes y colonizadas.
Era domingo. Eran las 7 y 45 de la mañana. Era 15 de octubre y 1865 auguraba su reemplazo por un año nuevo. Casi cumplía ochenta cuatro años cuando moría el justamente llamado «Libertador Cultural de América».
Un ilustre personaje que, sobreponiendo el maniqueísmo reduccionista, debemos redescubrir: Andrés Bello.





