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¿Quiénes son y cómo actúan los enemigos de la reconciliación nacional?

Opinión por Clodovaldo Hernández

El proceso de amnistía y restauración de la convivencia tiene el apoyo mayoritario de un país que quiere la paz y la concordia para continuar en la senda de la recuperación económica, esa que comenzó hace ya varios años, pese a condiciones externas muy adversas, y que debe consolidarse porque aún está en deuda con los sectores menos favorecidos.

La convicción de que Venezuela necesita un clima de entendimiento ha existido en el liderazgo bolivariano desde tiempos del comandante Hugo Chávez, quien regresó de un violento derrocamiento repartiendo perdones. Luego, ha sido ratificado por el presidente constitucional, Nicolás Maduro, en reiterados llamados al diálogo y otorgamiento de medidas humanitarias.

Un sector importante de la oposición ha retornado al camino constitucional, luego de numerosos intentos de llegar al poder por los atajos.

Las encuestas indican que aun en las circunstancias anormales marcadas por las agresiones externas, una amplia mayoría del pueblo quiere un clima de entendimiento entre los grupos partidistas y con las fuerzas geopolíticas hostiles.

Pero la reconciliación no goza de apoyo unánime. Tiene unos cuantos enemigos, que no son muchos, pero sí bulliciosos, estridentes y con mucha resonancia mediática y de redes.

¿Quién puede oponerse a que una nación asediada y agredida avance hacia la pacificación y el entendimiento?  La respuesta es la más sencilla posible: los enemigos de la reconciliación son quienes saben que con la paz, su propuesta política no tiene futuro.

Es por eso que la ultraderecha ha dedicado sus esfuerzos a torpedear iniciativas como las excarcelaciones y la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, mediante sus típicas operaciones mediáticas y de redes, utilizando las ya desgastadas ONG y apelando a desprestigiadas vocerías de la canalla internacional.

El relanzamiento de la matriz de los “presos políticos”

Una de las tácticas puestas en marcha por los enemigos de la paz ha sido relanzar la matriz de los “presos políticos”, justo cuando se vienen llevando a cabo excarcelaciones (incluso desde antes de la agresión imperial del 3 de enero) y se ha aprobado la Ley de Amnistía.

Mientras las autoridades procuran desarrollar un proceso ordenado de revisión de causas y otorgamiento de beneficios procesales o de libertad plena, según cada caso, la ultraderecha manipula para sembrar la desconfianza, atiza la impaciencia de los familiares e intenta descalificar el proceso iniciado.

Otro de los componentes de la maniobra apunta a conseguir que sean liberados no solamente los procesados o condenados por delitos políticos o conexos, sino también personas que perpetraron crímenes graves, de odio y de lesa humanidad, y los que solicitaron y aplaudieron el ataque externo.

Asimismo, han visto la iniciativa gubernamental como una muestra de debilidad que deben aprovechar para nuevas actividades de desestabilización política, vale decir, para ir en dirección opuesta a la intención de paz y reconciliación. Expresión clara de ese propósito es la actitud del dirigente maricorinista Juan Pablo Guanipa, quien fue excarcelado por decisión unilateral de las autoridades y, de inmediato, transgredió los términos del beneficio recibido al intentar el repetitivo plan de “calentar la calle”.

Con el propósito de mantener crispados los ánimos y vigorizar una narrativa en los medios internacionales y las redes, en las últimas semanas se han intensificado las actividades de los familiares de los privados de libertad. Están en su derecho, pero hay señales de que es parte de una operación orquestada por la extrema derecha y las ONG que han hecho de esos presos un jugoso negocio.

¿Otra vez una vanguardia mediática de estudiantes?

En el afán de sabotear la amnistía, la ultraderecha ha retomado sus piezas en el sector universitario. El 12 de febrero, Día de la Juventud, intentaron concentrar fuerzas en el campus de la Universidad Central de Venezuela para repetir uno de sus números favoritos: generar algún tipo de alteración del orden público para propiciar la respuesta de la policía. No pudieron. Debieron conformarse con forjar, a través de los medios de comunicación internacionales y las redes sociales, la sensación de que el estudiantado nacional, en general, está en las calles protestando contra el gobierno encargado de Delcy Rodríguez.

La realidad de ese día, acá en Caracas, fue que la gran manifestación de calle la realizó la juventud revolucionaria, en apoyo a la presidenta encargada y en favor de la liberación del presidente Maduro y de su esposa, la diputada Cilia Flores.

Quedó claro que les va a costar trabajo sacar de la nada una nueva vanguardia universitaria, pues las declaraciones de los líderes estudiantiles de la UCV muestran una superficialidad, una ligereza alarmante.

Ese día únicamente lograron montar un espectáculo deplorable, en el que, para colmo, algunos de los manifestantes portaban banderas de Estados Unidos, demostrando así la terrible retrogradación histórica que ha experimentado nuestra principal universidad.

En vista del fallido experimento, intentaron otra de sus fórmulas socorridas: victimizarse. Miguel Ángel Suárez, presidente de la FCU de la UCV salió a denunciar que la policía política lo estaba persiguiendo, aunque sin mostrar evidencia alguna de ello.

Suárez es el mismo líder que, semanas atrás, intentó debatir con la presidenta encargada, cuando ella supervisaba las obras de restauración de la Ciudad Universitaria. En la escena, que se hizo viral, se puede apreciar que la jefa del Estado lo escuchó y le respondió respetuosamente, hasta que el dirigente estudiantil demostró que, en realidad, no estaba dispuesto a dialogar, sino que sólo quería montar un espectáculo. Sin embargo, la ultraderecha necesita desesperadamente urdir un relato épico, crear un héroe-víctima, y por ello pretende modificar esa realidad y hacer ver que fue atropellado por Rodríguez y que ahora es hostigado por los cuerpos policiales.

Esto no es nada nuevo. Recordemos que de las filas universitarias han salido muchos de los proyectos de líderes políticos desde 2007, con la generación de las “Manitos blancas” que insurgió contra la Reforma Constitucional y en protesta por la no renovación de la concesión del canal RCTV.

El primero fue Yon Goicoechea, un joven de clase media al que inflaron hasta con premios internacionales para presentarlo como una alternativa al chavismo. Pero, ya lo dice el adagio: “Lo que natura no da, Salamanca no lo presta”. Y tampoco la UCAB.

Goicoechea, ahora en sus cuarentas, vive en EEUU y fue uno de los más fervientes solicitantes de una agresión militar contra Venezuela. Incluso, ha ido más allá, al sugerir que el país debe ser ocupado militarmente por tiempo indefinido. Por esta razón, el gobierno había solicitado, a finales del año pasado, que se le revocara la nacionalidad venezolana.

Otro de los “productos” sobresalientes de esa cohorte fue Freddy Guevara, ficha directa de Leopoldo López, involucrado en los graves disturbios de febrero de 2014 y luego electo diputado en 2015. En 2017 fue detenido por participar, como cabecilla, en las guarimbas de ese año. Se asiló en la embajada de Chile y permaneció allí por tres años. Fue indultado en 2020.

En 2021, apareció de nuevo involucrado en planes articulados con peligrosas megabandas delictivas de la Cota 905 y otros sectores de Caracas, con miras a hechos de violencia que iban a perpetrarse durante la celebración del bicentenario de la Batalla de Carabobo. Se le liberó con orden de presentación y hasta terminó participando en las jornadas de diálogo en México, como representante de la Plataforma Unitaria.

Guevara es una demostración viviente del afán de reincidencia de la dirigencia opositora, luego de recibir beneficios procesales y perdones.

Luego de los “manoblanca”, avanzó otra camada de líderes del futuro, bajo el ala de la entonces rectora de la UCV, Cecilia García Arocha, entre quienes destacó Juan Requesens, posteriormente involucrado en el fallido magnicidio de 2018, delito por el que fue detenido, juzgado y condenado. Estuvo en prisión, casi siempre domiciliaria, y posteriormente fue liberado por medidas sustitutivas de la privación de libertad. En lo que parece ser un propósito de enmienda, Requesens se incorporó a la actividad política por cauces constitucionales. Fue candidato a la gobernación de Miranda el año pasado. Pero eso no le gustó nada a la misma oposición radical a la que perteneció, de la que recibió innumerables insultos y desprecios.

En resumen, a lo largo de los años de la Revolución, la oposición ha intentado utilizar el movimiento estudiantil para la violencia y la insurrección, pero siempre disfrazando sus acciones como nobles e inocentes. En eso estamos actualmente.

El odio político contra los deportistas

La estigmatización de los deportistas por razones políticas, conducta recurrente de la oposición extremista, es una de las expresiones más abominables de los enemigos de la paz.

La semana pasada vimos esta triste actitud luego de que la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, recibiera, en el Palacio de Miraflores, a los jugadores, técnicos y directivos del equipo Navegantes del Magallanes, campeón de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional y de la Serie de las Américas, que se disputó en Caracas y La Guaira, con participación de divisas de Argentina, Colombia, Cuba, Curazao, Nicaragua, Panamá y, por supuesto, Venezuela.

Los enfermos de odio atacaron a los deportistas por haber participado en el encuentro en la sede gubernamental, argumentando que se estaba apuntalando al “régimen” y politizando el béisbol. Les causó mucha furia ver a los peloteros y coach tomándose fotos con la presidenta encargada.

En cualquier país es normal que los jefes de Estado se reúnan con los atletas ganadores de torneos internos de relevancia o con las delegaciones participantes en competencias internacionales. Pero el antichavismo ha pretendido siempre negarles ese derecho (que, en rigor, es un deber) a los presidentes venezolanos. Lo hicieron con el comandante Chávez, lo hicieron con Nicolás Maduro y lo hacen ahora con Rodríguez.

Unos días antes, los dardos de los desquiciados se dirigieron contra Miguel Cabrera, firme candidato a convertirse en integrante del exclusivo Salón de la Fama de las Grandes Ligas. Lo acribillaron en las redes porque acompañó a la presidenta Rodríguez en el recorrido por el campus de la UCV antes mencionado.

Algunos comentaristas temen que habrá un movimiento destinado a impedir la entrada de Cabrera a Cooperstown, a pesar de que cuenta con todos los números imaginables para ingresar el primer año en que le corresponderá ese derecho, 2029.

Y los ataques a los ases del deporte no se han limitado al béisbol. La perversa animadversión llegó a extremos con la superestrella del atletismo Yulimar Rojas, multicampeona mundial y medallista de oro olímpica en salto triple en Tokio 2020 (que se celebraron en 2021, por la pandemia). Ella es tan odiada por los disociados de la oposición que hasta festejaron la lesión que le impidió defender su supremacía universal en los Juegos Olímpicos de París 2024.

Por cierto, Yulimar está de vuelta, pues acaba de triunfar en un importante torneo de España y se clasificó al campeonato mundial. Saltó 14,95 metros y batió, a los 30 años, la marca de 14,79, que ella misma había conseguido en ese campeonato en 2017, cuando tenía 21. Así de fenomenal es ella.

Los ataques específicos contra el béisbol son históricos. En 2002 hasta cancelaron el campeonato en pleno diciembre, con el propósito deliberado de aumentar el malestar generado por el paro-sabotaje petrolero y patronal.

A partir de mediados de la década pasada, las medidas coercitivas unilaterales llegaron a los campos de juego, pues afectaron a los equipos que tuvieran alguna participación del sector público (entre ellos Magallanes, por cierto, y también los Tigres de Aragua).

En 2019, las fuerzas opositoras e imperialistas impidieron que Barquisimeto fuera sede de la Serie del Caribe, cuando ya todo estaba preparado y tanto la Gobernación de Lara como la Alcaldía de Barquisimeto, el equipo Cardenales y empresarios vinculados a la actividad beisbolera y turística en esa región habían hecho importantes inversiones para poner a tope el estadio Antonio Herrera Gutiérrez y mejorar la capacidad hotelera de la ciudad occidental.

En esa oportunidad, se apeló al argumento de la inestabilidad política provocada por la autoproclamación del diputado Juan Guaidó como supuesto presidente interino.

Lo mismo hicieron este año, cuando la Serie del Caribe se realizaría en los estadios Monumental Simón Bolívar y Universitario de Caracas y el Jorge Luis García Carneiro, el Fórum de La Guaira.

La jugada les salió mal a quienes la hicieron: la Serie del Caribe, mudada a México, fue un gran fracaso económico y deportivo, mientras la Serie de las Américas resultó una experiencia excelente y terminó con un apoteósico lleno en el gigantesco estadio de La Rinconada —construido en Revolución— que sirvió de marco a la gran remontada que coronó a Magallanes como representante de Venezuela.

En ese llenazo del Monumental hasta se disolvió parcialmente —¿o será temporalmente?— la rivalidad Caracas-Magallanes porque allí había gente de todos los equipos, aupando a la divisa venezolana.

Quienes me conocen saben que soy caraquista hasta que la mar se seque, pero esta victoria la tomé como propia, entre otras razones porque al campeonato del Magallanes en la final contra Caribes de Anzoátegui, contribuyeron varios peloteros de los Leones, como Leandro Cedeño (jugador más valioso), Wilfredo Tovar y José Marcos Torres.

En los juegos de la Serie de las Américas estuvieron Tovar y Aldrem Corredor, que antes había reforzado a Caribes. Pero, más allá de esos alegatos, propios de la perenne y risueña polémica entre los fanáticos de estos dos equipos, tomo la victoria magallanera como propia porque fue el triunfo de lo mejor del país contra una maraña de adversidades, entre ellas la suspensión de la Serie del Caribe por segunda vez y la agresión estadounidense de enero, que casi obliga a cancelar el campeonato en pleno inicio de la postemporada.

El gran respaldo que el público le dio al novedoso torneo internacional fue un gesto de rebeldía y resiliencia.

Por supuesto que también me agradó ver a los jugadores del equipo campeón departiendo con la presidenta encargada y, tengo que admitirlo, me hizo feliz comprobar que los amargados de siempre están sufriendo por eso.

La remontada de Magallanes en el Monumental Simón Bolívar y la presencia de Delcy Rodríguez en Miraflores es otra prueba de que, como decía el filósofo-pelotero Yogi Berra: “El juego no se termina hasta que se termina”.

[El segmento peloteril de este artículo es un tributo a la memoria de Humberto Acosta Gutiérrez, uno de los grandes cronistas venezolanos del béisbol, periodista a carta cabal y una excelente persona. También es un recuerdo amoroso para Rita Salazar, quien solamente asumía el rol de suegra tóxica cuando Magallanes le ganaba al Caracas].

(Clodovaldo Hernández / Laiguana.tv)

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