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Crónica/ Venezuela: La tragedia

Por Antonio Gaztambide, historiador puertorriqueño

Me pregunté desde el primer momento cuántos boricuas habrán vivido la experiencia de unos terremotos tan intensos como los de la semana pasada. De seguro muy pocos, aunque sé de unos cuantos que vivieron uno de los peores en la Ciudad de México. Tan así, que uno de ellos me llamó cuando se enteró de que había sobrevivido el sismo de Caracas para conmiserar conmigo sobre tan intensa experiencia.

‎Finaliza una visita a mi amada Venezuela, invitado al Coloquio Internacional “Patria es América”: Bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá (1826-2026). El evento me sorprende en un restaurante cerca de mi hotel en la legendaria Plaza de la Candelaria. De repente, el edificio comienza a sacudirse y el piso a inclinarse llevándome a agarrar una columna cercana. Incrédulo, camino hacia la salida con toda mi calma, afirmando que esos edificios coloniales y de mediados del siglo pasado “no hay terremoto que los tumbe.”

‎El golpe sobreviene cuando me asomo a la calle: una marea humana sube hacia nosotros, huyendo de uno de los templos de la sociedad consumista, como los de acá. La escena de la multitud desesperada me desata las canilleras que no había sentido, se me corta la voz y reprimo las ganas de llorar. Muchos están en shock, preguntan sobre la magnitud del sismo y se preocupan por sus familias, se apoyan mutuamente.

‎Nos movemos a la Plaza de la Candelaria, que la multitud ocupa con una calma que desafía la circunstancia; comienza la solidaridad propia de la tragedia compartida. Se siente como si los abrazaran los monumentos a los santos que les regaló el Papa Francisco el año pasado. Se trata de José Gregorio Hernández, “el médico de los pobres,” y Carmen Rendíles Martínez, fundadora de las Siervas de Jesús.

‎Hasta que puedo regresar al hotel, circulo entre las personas, la mayor parte de las cuales no pueden, o no se atreven, regresar a sus hogares. Me voy enterando de la magnitud de la tragedia; equivocadamente afirmo que el peor daño debe ser cerca del epicentro, al final del Valle de Aragua. Pero fue la falla geológica pegada a la costa lo que produjo la catástrofe, destruyendo sobre todo el estado de La Guaira, y otra que traviesa el icónico Monte Ávila llegó a Caracas, concentrando el mayor daño en la parte este.

‎Entre jueves y viernes, atiendo llamadas y mensajes emotivos de familia, amigos y compañeros de Puerto Rico, la propia Venezuela, y varios países. Ni me entero de las múltiples réplicas. Pero otra noticia me sacude más que el temblor: tengo una pérdida personal. Se trata de una pareja de amigos entrañables, fallecidos en La Guaira, con quienes iba a almorzar el sábado.

Eran María Clemencia López, una diplomática venezolana recia y cabal, comprometida con las causas antillanas, y José Ignacio Jiménez, periodista hispano-boricua devenido en historiador, de una pasión patriótica avasalladora y legendaria.

‎Sobre ellos y muchos otros ángulos habrá que elaborar: la insondable complejidad de lo que vive Venezuela, la comparación con nuestros huracanes, la inmensa solidaridad entre venezolanos, la manipulación mediática y política de la catástrofe, las luces y sombras en las ayudas, sobre todo la insensibilidad prepotente del gobierno de Estados Unidos . . .

‎Las cifras escalofriantes siguen en aumento, a esta altura ya se cuentan en miles los fallecidos, en más de diez mil los heridos, en cientos los edificios colapsados, en miles los dañados, en decenas de miles las y los desplazados. Pero la tragedia es y será incuantificable.

Antonio Gaztambide se encontraba en Caracas, el 24 de junio.

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