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Opinión/ Cosas buenas

Por Alexander Torres Iriarte

¿Dónde reside la inmortalidad de la música, la intemporalidad de una nota? ¿Cómo es que una melodía de más de siete décadas nos sigue encantando? Preguntas iniciales para recordar -al a vez de homenajear modestamente en fecha de cierre- a aquel mexicano que en horas como estas, hegemonizadas por las bebidas espirituosas, las hallacas, el pernil, el pan del jamón, la ensalada de gallina, el dulce de lechosa y los buenos deseos, nos ha alegrado la existencia de manera permanente cada fin de año: Tony Camargo.

Ese era Antonio Camargo Carrasco, alumbrado en Guadalajara el 1 de junio de 1926 y fallecido el 5 de agosto de 2020, en Yucatán, en su Mérida querida. Era un vástago de músicos, esos que trajinaban placenteramente en toldos tapatíos, y que él, estando muy pequeño, nunca olvidaría. Así, la familia de Tony en su búsqueda de otros aires se iría a probar fortuna en el Distrito Federal.

Sus padres serían guardias del Teatro Rívoli -en la colonia Santa María de la Ribera- y el imberbe chamaquito se convertiría en un inquieto cuidador de las butacas, creando una imaginería a la que más tarde sacaría provecho.

Desde su adolescencia el talentoso jalisciense sabría imponer su simpatía y cadenciosa voz en los medios de comunicación de su momento. Desde sus pasos iniciales -entre la radio al cine, entre  la televisión al teatro- se ganaría un sitial de honor en el cancionero latinocaribeño.

El convivir en el medio artístico entre grandes estrellas -tales como Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Dámaso Pérez Prado, Wello Rivas, Luis Arcaraz, Celio González y el mismísimo Benny Moré- lo ayudarían a apoderarse de una fama de talla mundial.
Entre sus canciones más notorias encontramos “Hay un hombre aparecido”, “La engañadora”, “El negrito del batey”, “Bandolera”, “Mi cafetal”, “Esta noche corazón”, “Sin razón ni justicia”, y “La llorona loca”, respectivamente.
No obstante,  su gran éxito sería “El año viejo”, hit que grabaría en México con la orquesta de Chucho García.

 

Es bien sabido que este contajeante tema es de la autoría del colombiano Crescencio Salcedo y que Tony llegaría a conocer en Caracas en 1952, grabándolo un año después e incluyéndolo en su primera larga duración. El arreglo descansaría Rafael Paz acompañado en los coros de las célebres tres conchitas: Refugio Hernández y las hermanas Gudelia y Laura Rodríguez:
“Yo no olvido al año viejo/Porque me ha dejao cosas muy buenas/Ay, yo no olvido al año viejo/ Porque me ha dejao cosas muy buena/Mira/ Me dejó una chiva, una burra negra/Una yegua blanca y una buena suegra/ Ay, me dejó una chivita y una burra muy negrita/ Una yegua muy blanquita y una buena suegra/ Me dejó una chiva, una burra negra/Una yegua blanca y una buena suegra…”
En este aguardientoso porro colombiano, además de lo pegajoso del ritmo, se percibe el regocijo del agradecido, de ese que con alegría despide un ciclo y da comienzo a otro; estrofas que son parte de nuestra idiosincrasia, nuestro carácter y temperamento muy positivos; de nuestra manera de ser guerrera, bullanguera y optimista.
“El año viejo” es una canción para darle paso a las eventos bellos que nos aguardan, es un himno para una nueva oportunidad que nos permita seguir la difícil vividura con mucha esperanza: “Ay, me dejó, me dejó, me dejó/Me dejó cosas buenas, cosas muy bonitas”. ¡Felicidades!

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