“Nací en la barriada El Guarataro, de Caracas, el 17 mayo de 1920. He estudiado muchas cosas, entre ellas un atropellado bachillerato, sin llegar a graduarme en ninguna. He ejercido diversos oficios, algunos muy desagradables, otros muy pintorescos y curiosos, pero ninguno muy productivo, para ganarme la vida. A los doce años fui aprendiz en una carpintería; a los trece, telefonista y botones del Hotel Majestic; y luego domiciliero en una bodega de la esquina de San Juan, cuando esta esquina, que ya no existe, era el foco de la prostitución más importante de la ciudad.
Más tarde fui mandadero y barrendero del diario El Universal, cicerone de turistas, profesor de inglés, oficial en una pequeña repostería, y director de El Verbo Democrático, diario de Puerto Cabello. Durante los últimos diez años me he compartido entre las redacciones de Ultimas Noticias, El Morrocoy Azul, El Nacional, Elite y Fantoches, del que fui director. Alguna vez fui encarcelado por escribir cosas inconvenientes, pero esto no tiene ninguna importancia. A cambio de ese pequeño disgusto, el oficio me ha deparado grandes satisfacciones materiales y espirituales.”
Esta confesión autobiográfica del poeta Aquiles Nazoa, medio en serio y medio en broma, la recordamos con especial afecto, ahora cuando conmemoramos medio siglo de su ausencia física.
El domingo 25 de abril de 1976 se iba el bardo de la sencillez en una Venezuela preñada de gran euforia, hija del “boom petrolero” y la supuesta nacionalización de los hidrocarburos.
Se marchaba el vate de un país visitado por Henry Kissinger, expectante por el secuestro de William Niehous, además de festivo, el paisano Johnny Cecotto se coronaba campeón mundial de Fórmula 750.
Un accidente automovilístico en la Autopista Regional del Centro, tramo Caracas-Valencia, cerca de Maracay, lamentablemente se llevaba a nuestro humorista por excelencia, lugar donde dos años antes había fallecido el torero César Girón.
Aquiles Nazoa sería velado en el Aula Magna de la Universidad Central y de allí trasladado a la plaza Bolívar, al Concejo Municipal de la capital, con una ovación sinceramente popular.
Su poema “Amor, cuando yo muera” es un sarcástico testamento de su propio adiós, es la jocosa despedida de un trovador sensible quien se sabía condicionado por las costumbres de una sociedad pletórica de imposturas y banalidades:
“Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda,
ni llores sacudiéndote como quien estornuda,
ni sufras ‘pataletas’ que al vecindario alarmen ni para prevenirlas compres gotas del Carmen.
No te sientes al lado de mi cajón mortuorio usando a tus cuñadas como reclinatorio
y cuando alguien, amada, se acerque a darte el pésame, no te le abras de brazos en actitud de ¡Bésame!
Hazte, amada, la sorda cuando algún güelefrito dictamine, observándome, que he quedado igualito.
Y hazte la que no oye ni comprende ni mira cuando alguno comente que parece mentira
No se te ocurra, amada, formar la gran ‘llorona’ cada vez que te anuncien que llegó una corona;
pero tampoco vayas a salir de indiscreta a curiosear el nombre que tiene la tarjeta
Amor, cuando yo muera no hagas lo que hacen todas; no copies sus estilos, no repitas sus modas:
Que aunque en nieblas de olvido quede mi nombre extinto, ¡Sepa al menos el mundo que fui un muerto distinto!”.
¡Viva Aquiles Nazoa!
Alexander Torres Iriarte
Opinión/ Gloria Martín: Bandolera irreductible de la canción





