ColumnasVenezuela

Opinión/Era como un niño

Opinión por Alexander Torres Iriarte

‎ Siempre hemos creído que existe otra España, no sola la invasora del siglo XVI, esa del perro y del arcabuz. Otra España -sin maniqueísmo, por favor- que marca nuestro carácter andariego, porfiado, justiciero, alegre, valiente. Otra, insistimos, que nos recuerda que allende del charco también grandes dieron y dan la vida por ser ellos mismos, por luchar contra las fuerzas del despeñadero, contra lo peor del ser humano en detrimento de los pueblos, contra el fascismo.

‎ De muestra pongamos el caso del gran Federico García Lorca. Este portento -nacido en Fuente Vaqueros el 5 de junio de 1898- sería un poeta y dramaturgo universal al que recurrimos cada cierto tiempo con el ánimo de contagiarnos de lo más dramático y juguetón del espíritu andaluz. ¡Materia de la que también estamos hechos!

‎ García Lorca inicialmente sería flechado por la música. Dejaría atrás su formación en derecho y filosofía, abrazando las musas con las cuales alcanzaría nombradía mundial. La geografía española terminaría de hacerle descubrir su auténtica vocación creadora.

‎ Sería integrante de la «Generación del 27″ , interactuando con voces de su época como Luis Buñuel, Rafael Alberti, Salvador Dalí, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre. Asimismo, en latitudes más lejanas, con personalidades como Pablo Neruda, Juana de Ibarbourou, Victoria Ocampo, Salvador Novo, entre otros.

‎ Muchos viajes contribuirían en la edificación de su estilo como escritor de vanguardia. Estados Unidos, Cuba, Uruguay y Argentina cimentarían su propio temple en el campo artístico. Sus vivencias neoyorquinas, habaneras, montevideanas y bonaerenses, principalmente, le servirían para experimentar tanto la nueva esclavitud tecnológica en el caso norteño, como la musicalidad y la riqueza cultural de los ejemplos antillanos y sureños.

‎ De obra prolífica los críticos lo ponderan como un intelectual que supo sembrar lo más representativo de la tradición popular con excelsas manifestaciones cultas. Así, la impronta telúrica fusionada con las pulsiones pasionales forjaría su sello personal.

‎ Pese a sus proyectos de avanzada la vorágine de la guerra civil española se lo engulliría. El lírico libertario sufriría la furia de la falange.

‎ El señalamiento de ser espía de los rusos, de ser masón, de ser socialista o de ser homosexual serviría de pretexto a la derecha para su desaparición. Su cuerpo jamás se hallaría. Una fosa común anónima proporcionada por el franquismo sería su sino.

‎ La clave para comprender la dimensión del trovador risueño nos la da Pablo Neruda en su «Oda a Federico García Lorca» . Si él tuviera, se autointerpela el vate austral, que combatir el olvido convenido del autor del “Romancero gitano” , entonces, “lo haría por el árbol en que creces, / por los nidos de aguas doradas que reúnes,/ y por la enredadera que te cubre los huesos/ comunicándote el secreto de la noche”.

‎ Rememoremos a esa existencia relampagueante, a 90 años de su vil fusilamiento ocurrido en su lar nativo aquel funesto 18 de agosto de 1936.

‎ Ahora tengamos presentes las palabras de Antonio Machado: “Se le vio caminar…/Labrad amigos,/ de piedra y sueño, en la Alhambra, /un túmulo al poeta,/ sobre una fuente donde llore el agua, / y eternamente diga:/ el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!”.

‎ Ese era Federico García Lorca, rebelde y manso como un niño.

Alexander Torres Iriarte

Opinión/ Vigencia

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba