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Bolívar ¿héroe utópico y popular?

Todas las almas son inmortales, pero las de los justos y héroes son divinas.” Cicerón

“No tengo la menor duda y, por tanto, lo afirmo categóricamente: es Bolívar el principal portaestandarte de las fórmulas salvadoras; es Bolívar el baquiano mayor que se ha colocado de nuevo en vanguardia, doscientos años después”. Hugo Chávez

Existen palabras, que a veces por su uso abusivo pierden su carácter evocativo de primer orden, su mágica atracción de crear mundos, su poder liberador. Detrás de estos términos emancipadores, más allá del peso de la tradición científica, evidenciamos prácticas interesadas en desnaturalizarlos mediante mecanismos de banalización, aupados por mayorías seducidas con el atractivo ropaje de las élites.

Esto ya nos hace suponer que no hay palabras neutras, y que como categorías encierran una gran peligrosidad, imperceptible inclusive, para quienes las emplean. Palabras como memoria, identidad, oralidad, imaginarios, héroe, están en la mira de los propugnadores del anonimato, del espacio como lugar de consumo más que de convivencia. La lógica de la servidumbre, la dictadura alienativa de la cotidianidad, el cultivo de la vergüenza étnica, son expresiones de esta pequeña muerte de lo que somos.

Aclarando el panorama

La memoria como proceso que ocurre dentro y fuera de los individuos, tiene caleidoscópicas maneras, objeto de enconados debates. La memoria da un salto cualitativo de lo individual a lo grupal cuando ya no es una remembranza particular, sino recuerdos de la comunidad en global. Por tal motivo, la memoria se intercambia, se refuerza, se transmite y fundamentalmente se reconstruye por los grupos sociales.

La memoria como proceso que ocurre dentro y fuera de los individuos, tiene caleidoscópicas maneras, objeto de enconados debates.

Desde actos conmemorativos con sus efemérides de rigor, hasta monumentos de personajes notables, son algunas de las formas deliberadas como los sujetos reviven situaciones determinantes. Es en este marco que los memoricidios son incubados y para ello hay que acabar con la identidad, fundamento a su vez de la memoria.

En este sentido, la identidad nos refiere a un “ubicarse” con otros actores y actrices con los cuales nos desenvolvemos. Así vista, la identidad es un fenómeno dinámico asociado con problemáticas que van desde el género hasta las clases sociales. Por otro lado, el peso de la oralidad para la conservación y el enriquecimiento de la identidad y la memoria colectiva es insoslayable, sin embargo, su importancia es negada reiterativamente.

El desconocimiento y la invalidez de las fuentes orales en la investigación histórica está enraizada con una dualidad que es en parte el caballito de pelea del proyecto homogeneizador de ser y conocer: la modernidad. La dialéctica civilización-salvajismo y su respectivo correlato documento-voz, son las duplas en las cuales se sustenta el paradigma positivista para impugnar las fuentes orales, en una relación aséptica sujeto-objeto. Concebir la idea de que un sujeto puede ser fuente introduce un aspecto polémico que desestructura el sofisma cientificista a la vez que amplifica la interpretación de los fenómenos sociales.

La oralidad se asocia con lo primitivo y lo tradicional y por ende, es evaluada como una fuente emotiva y nada “seria” por petulantes eruditos; mientras que el documento instrumento infaltable del modelo cultural impuesto, se nos presenta como “objetivo” y bastante estable. Así que, para la lógica del positivismo y sus deudos académicos, la fuente oral es proclive a la fugacidad, a lo distorsionado, asociada al olvido colectivo; a la vez que el documento se nos vende como una fuente histórica perenne y siempre confiable.

Pues, esta manera ortodoxa y simplificadora está siendo rebatida por la teoría y la práctica microhistóricas al reconocer que lo efectivo no está divorciado de lo cognitivo, advertencia que termina de revolucionar el panorama. El hecho de que un fenómeno sea documentado no significa que sea más verdadero que aquel expresado mediante la narración oral. Si algo caracteriza al documento, además de su sesgo intrínseco, es su escaso contenido social, cultural y colectivo, que si encontramos en esa cantera inagotable que es la oralidad.

Si a esos elementos agregamos que el problema no es la fuente per se sino su uso, ergo, consideramos más válida nuestra argumentación. Preguntémonos ¿por qué el mismo documento tiene tantas lecturas diferentes? El carácter multidimensional emergente, es la respuesta que la aguzada mirada del investigador deberá develar. Pero el desprecio a la oralidad, además de todo lo dicho, tiene motivos histórico-antropológicos de sobra: la visión europeísta del invasor silenció -y sigue silenciando en los claustros universitarios- en gran medida la memoria histórica de los pueblos no europeos, mal llamados bárbaros.

la prevalencia de la escritura y el documento no lo podemos divorciar de los parámetros eurocéntricos que atraviesan nuestras ciencias sociales sucedáneas de la Europa imperial, cimentadas en un evolucionismo científico negador de toda espontaneidad.

Así la prevalencia de la escritura y el documento no lo podemos divorciar de los parámetros eurocéntricos que atraviesan nuestras ciencias sociales sucedáneas de la Europa imperial, cimentadas en un evolucionismo científico negador de toda espontaneidad. En todo caso, es afirmativo pensar que la imaginación no tiene que estar reñida con la veracidad y que el investigador social en este sentido lleva una delantera, quien sin prejuicio y con una óptica transdisciplinaria se encuentra con universos temporales diversos, con toda la emoción y fuerza vital que entraña la memoria oral colectiva.

La defensa de la memoria transformada en conciencia histórica insurgente es garantía de revolución profunda en la dimensión ética, estética, política y cultural. De otro modo estaríamos hablando de mudanzas de fachadas. Para poder impulsar una ciudadanía socialista se requiere reforzar el imaginario popular bolivariano y desmantelar las ideologías reaccionarias.

Siempre lo utópico

Las representaciones sociales como concepto encierran una gran complejidad digna de un esfuerzo transdisciplinario en la cual la psicología social, la sociología y la antropología cultural, generan un gran aporte. Las representaciones sociales se asocian con sujetos activos que reconstruyen su realidad, siempre imbricada con el objeto mismo, el grupo al cual se afilian y el contexto (con sus limitaciones y probabilidades) que los circundan.

Como proceso colectivo no debe concebirse como una realidad invertida o un burdo reflejo del mundo externo, como cierto marxismo ortodoxo quiere hacer ver a todo fenómeno superestructural. Por su puesto, esta categoría rebasa el concepto de cultura concebida como la herencia positivista nos acostumbró. La mediación (en la que no hay divorcio entre objeto y sujeto) es vital para entender lo que significa las representaciones sociales. De tal modo que si partimos de la idea de que la cultura se relaciona con procesos significativos del sujeto -que ve, siente, interpreta, actúa- en su realidad social, y que, además, las producciones de sentidos, las simbolizaciones, las normas, las cosmovisiones, los códigos, etc., van dando como resultado una práctica social muy específica que modifica o ratifica los patrones de comportamientos, entonces aprehendemos la densidad conceptual del término representaciones sociales.

las producciones de sentidos, las simbolizaciones, las normas, las cosmovisiones, los códigos, etc., van dando como resultado una práctica social muy específica que modifica o ratifica los patrones de comportamientos

La introyección de valores en el día a día, el proceso de socialización (familia, escuela y medios de comunicación), el ambiente social y natural, los códigos e informaciones, la puesta en ejercicio del sentido común, lo que proviene y se refuerza en lo vivido, en lo experiencial, en lo trasmitido, en lo intercambiado consciente o inconscientemente, que guarda distancia del pensamiento “científico”, de esto se trata las representaciones sociales.

Su hábitat es la vida práctica, valiosa para la comprensión del mundo. De tal modo que las representaciones sociales están consideradas una variación de “saber empírico”, muy operante a lo interno de los grupos por su carga simbólica y propositiva, que no se queda en el plano de la práctica neutral, sino que, como todo fenómeno cultural, se presta como instrumento para la acción social de los sujetos.

Imaginario, por otro lado, es un término que denota representaciones sociales acrisoladas en grupos o en instituciones. Como concepto, parte del principio de que la vida social no está necesariamente determinada materialmente. Es tal vez en el término utopía donde se puede visualizar con más claridad lo que es el imaginario de los grupos sociales.

La palabra utopía remite etimológicamente a “un lugar que no existe”, que si bien en las filosofías y experiencias antiguas -por lo menos en Occidente- señalaron sitios ideales para un existir distinto, será América el ámbito por excelencia de su realización geohistórica. La invasión europea del siglo XV, recorriendo los intrincados anhelos de emancipación, o de ideales unionistas, de justicia e igualdad posteriores, nos remite directa o indirectamente al pensamiento utópico.

Ésto, advirtiendo que la palabra utopía tiene diversas acepciones en las que muchas veces se confunde la filosofía, la literatura, la política y la historia, y colocando a la obra emblemática del mismo nombre -escrita por inglés Tomás Moro en 1516- como su tesis central: la irrealizabilidad y la perfección. La forma como los sujetos sociales asumen su historicidad, explorando el pasado y presagiando el mañana, es una tensión constante de nuestros pensadores latinoamericanos y caribeños que sueñan con “el orden” o con “la libertad”.

Bolívar popular y moraleja

Todo pueblo busca desesperadamente un referente, un paradigma o arquetipo en el cual asirse. Especie de conciencia moralizante o superyo colectivo que le sirva de lámpara fulgurante, de brújula que guíe sus pasos definitorios. Y es que en parte no podemos librarnos de un pasado construido a nuestra justa medida, a veces en defensa propia. Aquí la historia -como disciplina o relato- se presta haciendo las veces de conocimiento reconstructivo, como benigna comprensión, como imperativo social, es decir, una especie de visor antropológico de lo acontecido como presagio del posible mañana. Esto explica en parte por qué nos embelesamos con los héroes. Para bien o para mal vemos en ellos un ejemplo a seguir: aquellos que hacen en grande lo que en pequeño hacemos todos los días. Son nuestros amuletos, son nuestros aliados y así lo valoramos.

Todo pueblo está hambriento de gloria, de un héroe real o ficticio que libre las batallas que le den tranquilidad y prestancia. También amerita permanencia y resonancia de ese héroe en el tiempo, porque puede ser garantía de unicidad y actualidad para resolver los más acuciosos problemas contemporáneos. El dilema se presenta cuando el portento, el patrón a seguir, en lugar de animarnos de una voluntad edificante, nos convierte en deudos apáticos de una hora que ya fue y de un presente que nos reclama un mayor compromiso por un país más vivible.

Un Bolívar que debe ser desentrañado con un mirador múltiple, sin el prejuicio del historiador apegado únicamente al documento escrito.

Pensemos en el modo cómo la derecha nos ha tratado la figura del Libertador. Un Bolívar que debe ser desentrañado con un mirador múltiple, sin el prejuicio del historiador apegado únicamente al documento escrito. Una gimnasia interpretativa parece el reto para el investigador desprevenido, una invitación en la que la psicología social y la antropología cultural tiene mucho que sumar. Es en este sentido que el imaginario social es una rica cantera para dilucidar la carga mítica y revolucionaria del Libertador como factor de dignificación nacional, no como un lastre que debemos superar.

En las imágenes mentales del pueblo venezolano, nos referimos a sus valores, costumbres, hábitos, tradiciones, trasmisión oral, etc.; existe un Bolívar “interno”, un Bolívar mito fundacional de nuestro complejo país. Cuántos cantores y poetas, por no perdernos en las procelosas aguas del universo cultural, nos han recreado sinceramente al Padre de la Patria.

Recordemos a Alí Primera con su Canción bolivariana, que nos señala los dos asuntos álgidos del ideario del hombre grande, su vigencia y su deificación: “Bolívar, bolivariano no es un pensamiento muerto ni mucho menos un santo para prenderle una vela”. Solo que si bien no es una doctrina petrificada (cosa que niega rabiosamente la derecha acusándonos de anacrónicos), sí terminó en los altares como un santo más, siempre iluminado por los más humildes, pedidores de intervenciones divinas en un mundo más prosaico.

También el Cantor del pueblo, en su Sangueo para el regreso es enfático: “Dicen que Bolívar trae furia y coraje por dentro, al ver que nos han quitado lo que él dejó siendo nuestro, dicen que llegó la hora mira de ponernos contentos, se fue Bolívar ayer, pero hoy viene de regreso”. Asimismo, en la cosecha de los marginados es muy común la equiparación de Bolívar con el hijo del Dios cristiano: “Cuando Bolívar nació Venezuela pegó un grito, diciendo que había nacido un segundo Jesucristo”. Un Bolívar presto a la resonancia actual y a la “santificación” de todos.

El pueblo lleva a Bolívar desde la parranda a la oración, desde la solemnidad del paraninfo al altar con las tres potencias y el cacique Naiguatá. Bolívar se transforma en motivación profunda de acciones edificantes ¿Es negativo que Bolívar sea un mito fundacional? Para la derecha, despreciadora de los saberes de los de abajo, es un signo de animismo, de minoría de edad en nuestro desarrollo como sociedad civil; argumento sostenido por quienes contribuyeron con un culto para el pueblo “inepto” o por quienes tienen una óptica negadora de los sentires colectivos.

Este Bolívar paralizador de las reivindicaciones de los excluidos, no se tornó negativo para la derecha en la medida que fue instrumentado por los operarios del fracaso Estado Liberal. En el puntofijismo valía la pena ser bolivariano, no era químicamente peligroso: Bolívar se exhibía como un personaje legendario, un héroe aristocrático para la perpetua contemplación, para el incienso y la mirra de los panteones. En ese instante, cuando el pueblo era en convidado de piedra, ser bolivariano no era una enfermedad cultural, hasta el punto que se instauró una asignatura obligatoria (Cátedra Bolivariana) en la formación escolar de los años 80 del siglo pasado.

Sin embargo, no pudieron (y no podrán) arrebatar del imaginario popular un Bolívar cabalgado con los humildes, resolviendo problemas humanos y divinos, un Libertador amigo de hombres y mujeres plenos de fe. De tal manera que independientemente de la prédica de la derecha, se palpa un culto del pueblo que cada día se hace más movilizador, más efectivo. Un Bolívar santo (“si hay devoción se alumbra” dice Rafael Albornoz, mientras que Filomena Torres asegura que “sirve para la suerte”, ambos cultores populares merideños) y heroico activo en las representaciones sociales y en los horizontes utópicos de los históricamente invisibilizados.

Un culto que sin rubor acompaña ancestralmente al venezolano y que encontró en Hugo Chávez una sincronía casi religiosa: un líder que retorna el símbolo cargado de optimismo y de esperanza. Es así como la presencia mítica de Bolívar no es mala per se, es incentivo popular por un mejor presente. Ya Bolívar no es una estatua. El reto está en no cosificar el símbolo, en socializarlo afirmativamente.

Por: Alexander Torres Iriarte

T: Todasadentro/LRDS

 

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