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Francia: Macron y Le Pen buscan conquistar al electorado de izquierda

Después del impacto que causó el resultado de la primera vuelta de las elecciones presidenciales celebrada hace una semana, la carrera hacia la segunda vuelta (24 de abril) dejó poco tiempo para asimilar el desastre: en resumen, los socialistas (1,7%) y los conservadores (Los Republicanos 4,7%) ingresaron en el servicio de terapia intensiva antes de su ocaso final mientras que los ecologistas, con ni siquiera un 5% de los votos, se quedaron al borde de la extinción financiera y política.

La segunda vuelta se celebra dentro de una semana con los mismos protagonistas que en 2017, el actual presidente Emmanuel Macron y la candidata de la extrema derecha Marine Le Pen, y un inesperado árbitro de este duelo, los electores de la izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon que pusieron al candidato de Francia Insumisa en tercera posición con 22% de los votos. Marine Le Pen y el presidente saliente dedicaron la primera semana a conquistar el voto de esa izquierda sin los cuales, incluso si Marine Le Pen cuenta con más reservas que Macron, ninguno de los dos puede ganar la presidencia. ”Por él no votaré nunca, por ella jamás de los jamases”, dice Antoine, un obrero especializado de la región de Nantes que participó activamente en el movimiento de los chalecos amarillos que se desató en Francia contra Macron entre 2018 y 2019.

Antoine, como una buena parte de la izquierda francesa, le tiene “furia total al presidente. Furia y rencor. Nació con cuchara de plata y nos mandó una policía brutal y antirrepublicana cuando bloqueamos las rotondas en protesta por su política. Eso no es un presidente sino un horrendo represor”. Esa ira es extensiva a buena parte de la izquierda mélenchonista y a los chalecos amarillos y explica por qué muchos cuerpos electorales prefieren no votar. “El cólera y la tuberculosis no pueden ser opciones para un país», dice Antoine.

La candidata de la ultraderecha no es hoy la favorita de la segunda vuelta. Sin embargo, ningún analista se arriesga a sacarla por completo del juego. Los últimos sondeos de opinión le ofrecen a Macron un aparente boulevard hacia la victoria con diferencias a su favor que oscilan entre los 7 y los 10 puntos de ventaja (55,5% contra 44,5%). Entre los electores que optaron por Mélenchon el pasado 10 de abril, 51% no ha decidido aún por quién votará, 33% lo hará por Macron y 16 por Marine Le Pen. Esas cifras pueden corregirse con otra encuesta que llevó a cabo Francia Insumisa entre los votantes de Mélenchon. Fueron consultadas poco más de 200 mil personas y un 37,65 % piensa votar en blanco, un 33,40 % por Macron y 28,96% abstenerse. La noche de la primera vuelta Mélenchon no dio consignas nominales de voto, pero convocó a no “dar ni un solo voto a Le Pen”. En la página de Acción Popular (los militantes de Mélenchon) donde se publican los resultados de la encuesta el líder de Francia insumisa escribe: “la segunda vuelta se llevará a cabo desafiando nuestras revulsiones más fundamentales. De ella saldrá una presidencia sin autoridad moral”. Para Mélenchon, no obstante, los dos finalistas “no son equivalentes. Marine Le Pen le agrega al proyecto de maltrato social que comparte con Emmanuel Macron un peligroso fermento de exclusión étnica y religiosa. (…) Por eso digo y repito que ni un solo voto debería ir a favor de la candidata de la extrema derecha”.

La sensación que impera en Francia es que esta elección es una trampa bien preparada y desde hace mucho que deja, en realidad, a los electores sin elección de futuro: ”Votar por Macron es elegir el castigo social. Votar por Le Pen es elegir todo lo contrario a lo que es Francia, más el castigo social”, resume Véronique, una editora parisina que se siente arrinconada “no a votar por un proyecto, por un futuro, sino contra la oferta más destructora. Es una elección sin alma, sin aliento, sin entusiasmo, sin contenido”, completa. Muchísimos electores resienten una suerte de apatía democrática, de “desmotivación tanto cívica como partidaria”, según la expresión que introduce Véronique. Este sábado 16 de abril hubo en Francia manifestaciones contra “la extrema derecha y sus ideas”. Nada más. Las consignas y los comunicados previos a las manifestaciones firmados por las organizaciones que lo convocaron no contenían la expresión “Frente Republicano” y en las calles pocos carteles nombraban a Marine Le Pen y ni uno solo llamaba a votar por Macron. El frente republicano ha muerto, reconocen muchos hombres y mujeres comprometidas con la acción política. Los débiles contornos que tiene en 2022 están muy lejos de reflejar la solidez del frente republicano que se formó hace exactamente 20 años cuando el padre de Marine Le Pen, Jean-Marie Le Pen, pasó por primera vez a la segunda vuelta de una elección presidencial. Desde entonces, la ultraderecha participó en otra consulta final, 2017, y se apresta a hacerlo por tercera vez en el siglo el próximo 24 de abril.

Estudiantes contra el fascismo

Los estudiantes franceses ocuparon durante la semana varias universidades con la consigna “el fascismo no es una opción”. No se trata de una posición a favor de Macron, sino, como lo explica a PáginaI12 uno de los estudiantes que ocupó la Universidad de la Sorbona, Thomas, “es repugnante que la única opción que se le ofrezca a la juventud sea entre un liberal y una fascista. Eso es una democracia de mala calidad. Ninguna generación puede aceptar ese despropósito”. Vérénice, una amiga que acompaña a Thomas y que también ocupó la universidad, completa lo que dice el estudiante: ”Ni Macron, ni Le Pen nos representan. Estamos en un encierro que conduce a una elección falsa. No nos dan a elegir absolutamente nada. Nos obligan a determinarnos entre el neoliberalismo y el fascismo. Para nuestra generación es una catástrofe”. Claustro político, camino sin salida, 5 años hipotecados cualquiera sea el ganador son las impresiones y el estado de ánimo que se desprenden de una sociedad aún cautivada, embrujada, por la familia Le Pen. A diferencia de 2017, el joven presidente Macron no mueve olas de entusiasmo sino la módica posibilidad de que el fascismo más rancio no pase.

T/ Eduardo Febbro/ Página12

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